Las enciclopedias no se ponen de acuerdo ni en sus fechas. Unas dicen que nació en 1835, otras en 1836; unas la matan en 1897, otras en 1898. Para una de las mujeres más documentadas del siglo XIX chileno, el archivo es notablemente impreciso — y esa imprecisión es la primera lección de esta historia. El documento más firme es un periódico: La Fronde, París, edición del 18 de enero de 1898, crónica de su misa fúnebre en la iglesia de Saint-Honoré d'Eylau y del cortejo hasta Père-Lachaise, donde su cuerpo esperó el barco que lo devolvería a Chile.
Isidora Goyenechea Gallo nació en Copiapó, en plena fiebre de la plata. Su padre fue codueño de La Descubridora, la mina con que partió Chañarcillo; su madre, María de la Luz Gallo, enviudó pronto y se casó en 1841 con Matías Cousiño, el empresario que compraría los mantos de carbón de Lota. Isidora creció entre las dos minerías de Chile — la plata del norte y el carbón del sur — y en 1855 se casó con Luis Cousiño. En mayo de 1873, Luis murió. Isidora tenía treinta y siete años y siete hijos.
Lo que el siglo esperaba de una viuda rica era que administrara la herencia a través de hombres. Lo que hizo Isidora fue asumir personalmente la dirección de la Compañía Explotadora de Lota y Coronel: las galerías que se hundían bajo el océano, la flota de vapores de fierro encargados a astilleros ingleses, los ferrocarriles, las fundiciones, la viña. Durante la Guerra del Pacífico puso su flota al servicio del Estado, empezando por el mejor de sus barcos, el Matías Cousiño. Dirigió veinticinco años, hasta el final.
Veinticinco años dirigió lo que nadie creyó que una viuda pudiera dirigir.

En 1896 encargó la obra que la resume: una central hidroeléctrica en el río Chivilingo, catorce kilómetros al sur de Lota, para electrificar las minas. Se inauguró en 1897 — la primera de Chile, la segunda de Sudamérica. La leyenda popular insiste en que el proyecto pasó por las manos de Edison; los documentos nombran al ingeniero William Raby. No hace falta la leyenda: la central original sigue en pie, declarada Monumento Histórico en 1990 y reconocida en 2004 por el IEEE como hito mundial de la ingeniería eléctrica.

En Lota levantó viviendas obreras con hornos de ladrillo y artesas de lavado, pavimentó calles, construyó la iglesia de Lota Alto y fundó la Gota de Leche para repartir leche gratuita a los niños de la cuenca. La Corporación para el Desarrollo de Atacama consigna que prohibió en sus faenas el trabajo de menores de doce años — medio siglo antes de que la ley chilena se tomara el tema en serio. Su testamento ordenó construir iglesias, hospitales, dos escuelas y un asilo para mineros inválidos.
Este archivo no hace hagiografía. La Lota que Isidora dirigió era también la de las jornadas extenuantes en galerías submarinas y el pago en fichas de pulpería — la misma Lota que Baldomero Lillo, hijo del pueblo, retrataría en Sub Terra seis años después de la muerte de la patrona. Las dos cosas son ciertas a la vez: la empresaria más avanzada de su siglo y el sistema brutal que su siglo consideraba normal. Nombrarla completa es nombrar ambas.
La prensa de su tiempo — se cita al New York Times y a Le Figaro — llegó a señalarla como la mujer más rica del mundo. La historiografía chilena, durante un siglo, la archivó como «viuda de Cousiño». Cuando su féretro volvió de París, los mineros de Lota lo cargaron. Ellos sabían exactamente quién había sido su patrona.
No acompañó el desarrollo: lo diseñó. Y el país que diseñó la dejó en nota al pie.